Una madrugada de 1997, tras un concierto en San Pablo, Fito Páez encendió el tocadiscos de la habitación de su hotel y colocó en él el CD de Yo, mi, me, contigo. La escucha de las primeras canciones bastó al argentino para pedir urgentemente que le pusieran en contacto por teléfono con su autor. Sabina le respondió precisamente desde Rosario, la ciudad natal de Fito, donde se encontraba de gira. De aquella conversación etílica y nocturna salió la promesa de un viaje conjunto para trabajar en un proyecto de disco.

Sabina y Fito, que no se conocían, pasaron una semana en Repúbica Dominicana y otra en Villa La Angostura, de donde volvieron con el esbozo de unas cuantas canciones. Joaquín confesó en su momento que, al principio, pensaba que la idea de su socio era grabar un disco en solitario con letras suyas, pero Páez quería dar forma a un disco conjunto y que fusionara sus dos mundos: sus artificios musicales con los textos redondos de Joaquín.

El título elegido, Enemigos íntimos, plasma a la perfección el choque de trenes que supuso la manera de trabajar de un y otro, y que terminaría afectando al propio proyecto. Fito era un volcán: en una mañana podía tener mezcladas todas las pistas de una canción, orquesta sinfónica incluida. Sabina funcionaba a otro ritmo: en una noche inspirada tal vez podía tener listos otros tres versos que ya seguramente cambiaría al día siguiente. En el álbum, pese a todo, asoman algunas canciones de enorme nivel, como Llueve sobre mojado, Lázaro o Yo me bajo en Atocha (que en un principio iba a titularse Madrid), aunque tiene más de Páez que de Joaquín.