No es una leyenda urbana. José Antonio Romero, uno de los músicos que ha acompañado a Joaquín Sabina en varias etapas de su carrera, confiesa haberle visto ‘robar’ disimuladamente el cd o el cassette cada vez que un seguidor se le acercaba a pedirle un autógrafo sobre una copia de Inventario. Joaquín nunca ha estado orgulloso de su primer trabajo discográfico, publicado en 1978 por el sello Movieplay. Siete años después, en una entrevista para un diario de Granada, explicaba que Inventario le parecía “un asco”, y añadía que “los textos no eran malos, pero los arreglos eran orquestales y falsos”. “Como yo no conocía el ambiente de la forma en que se hacía un disco, me dejé manipular y salió lo que salió”, concluía.

Se trata de un trabajo próximo a la canción protesta y de aire pesimista, muy influido por sus años en Londres. La mayor parte de los versos de este disco salieron precisamente de Memoria del exilio, el poemario que autoeditó durante sus años en la capital de Reino Unido.

En el disco Inventario, no obstante, sí que asoman algunos aromas de la esencia Sabina de siempre, como sucede en Tratado de impaciencia número 10, una de las pocas piezas del disco de las que Joaquín no reniega, o en 40 Orsett Terrace, fuente de inspiración más de veinte años después de uno de los sonetos de su libro Ciento volando de catorce.