Las musas, aparte de huérfanas de Krahe, de Cohen, de Prince o de Bowie, estaban… Digamos que a las mías les habían salido varices y les olía el aliento“. Así explicaba Joaquín Sabina ante un reducido grupo de periodistas su estado de inspiración antes de afrontar su último trabajo discográfico, allá por el verano de 2016.

Para ventilar las ventanas y salir de su zona de confort, Joaquín decidió sustituir a Pancho Varona y a Antonio García de Diego, sus productores habituales, por alguien que le aportara una metodología de trabajo nueva. Tras sondear algunas opciones, el elegido fue Leiva, excomponente de Pereza por el que Sabina siempre sintió enorme admiración musical. “He dado un salto en el sentido de que Pancho, Antonio y yo, que habíamos hecho desde 19 días y 500 noches todos los discos, éramos ya un viejo matrimonio aburrido que no follaba. Dije… ‘Voy a juntarme con un jovenzuelo que me gusta mucho, a ver si renovamos un poco el aire'”Así se germinó el disco Lo niego todo.

Aparte de Leiva, Joaquín recurrió de nuevo a Benjamín Prado a la hora de escribir las letras. El resultado de este trabajo a seis manos es un trabajo redondo que no solo rompe más de seis años de silencio en su discografía en solitario, sino que retrotrae además a los años de más inspiración de Sabina, con canciones que abarcan desde el reggae hasta el blues y la rumba. En sus doce cortes se encuentran también colaboraciones de Jaime Asúa, Pablo Milanés y Ariel Rot, autores de algunas de las músicas.